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Mozia

9 febrero 2010

Semejante a la palma de una mano es la diminuta isla de Mozia, frente a la bahía de Marsala. Flota como una balsa en el mar siciliano del noroeste. De este lugar partieron los fundadores de la vecina Marsala cuando, a finales del siglo IV antes de Cristo, Dionisio de Siracusa atacó y destruyó el enclave. Mozia se sumergió desde entonces en un sueño infinito, mientras que Marsala pasó a formar parte del mundo cartaginés hasta que, en la primera guerra púnica, fue conquistada por Roma y convertida en una gran base naval militar y comercial. Los vinos de Marsala extendieron su prestigio por todo el orbe imperial. Pero también hubo y hay vino en Mozia. Las viñas aún forman parte de su paisaje solitario, como los pinos, las palmeras, las moreras echadas a los gansos, los melocotoneros.

En Mozia escuché el romper de las olas en la playa, el viento entre el bosque de pinos, el canto de las cigarras. Y por entre las ruinas vi lagartijas, serpientes, mosquitos, mariposas, gatos semisalvajes y ratones. Las ruinas, como campos cultivados y al barbecho. A pesar de las primeras excavaciones del descubridor de Troya, Schliemann; a pesar de las promovidas por Joseph Whitaker, propietario de la isla; luego, por su hija Delia, y tras su fallecimiento, por la fundación que lleva el apellido de ambos, afortunadamente aún quedan casas, plazas, mercados, necrópolis, fortificaciones fenicias y púnicas cubiertas por la tierra, bajo las cepas y los pinos piñoneros.

El antiguo puerto, los diques, los embarcaderos están secos y podemos pasear entre ellos bajo el nivel del mar. Piedras perfectamente pulidas y encajadas para llevar a cabo sin peligro los atraques. ¡Cuánta paz! Aquí se acabó pronto la historia. Durante siglos quedó al margen de la vida. Apenas unos pocos campesinos y cabreros, el canto del gallo al que nadie le hacía caso y las lechuzas practicando el arte de lo bello inútil, es decir, la filosofía, la contemplación, la sabiduría en sentido absoluto. En Mozia, como en el cielo, se deja de ser poeta, pues en ambas orillas nada podemos imaginar más allá de lo que vemos: el espejismo. Muros amarillos, torres desmochadas, puertas derrumbadas, palmeras, pitas, junquillos, arenas de la playa cubierta de guijarros, fíbulas, pendientes de vidrio o de concha, lacrimales.

Fundada a finales del siglo VIII antes de Cristo, Mozia pronto se convirtió en una de las colonias fenicias más importantes del Mediterráneo debido a su magnífica ubicación. En el siglo VII antes de Cristo se llevaron a cabo grandes obras públicas; entre ellas, el paso construido sobre el mar que comunicaba la isla con la costa de Marsala. Pero a finales del siglo IV llegó su trágico y definitivo ocaso.

Joseph Whitaker pertenecía a una familia inglesa establecida en Sicilia durante el siglo XIX que hizo una gran fortuna comercializando, entre otros productos, el vino de Marsala. A comienzos del siglo XX, Joseph compró Mozia e inició las excavaciones. Como resultado de los primeros años de esas fructíferas investigaciones publicó el libro titulado Motya, a phoenician colony in Sicily (1921). Motye o Motya era el nombre de la ninfa de la que toma su denominación la localidad. Construyó allí una villa y un pequeño museo para albergar cuanto en la isla se fuera desenterrando. La Fundación Whitaker -gracias a la cual hemos podido visitar la isla- tiene su sede en el palacio de Palermo conocido como Villa Malfitano, donde habitó durante décadas esta familia cuya estirpe desapareció al carecer de descendencia las dos hijas y herederas de Joseph. El palacio, rodeado de un impresionante jardín botánico, está tal cual lo crearon y cuidaron sus propietarios. Es en sí mismo un rico museo de obras de arte, entre las cuales destacan cinco grandes tapices flamencos del siglo XVI. Los gobelinos cuentan pormenorizadamente varias de las historias virgilianas de Eneas.

En el museo Whitaker de Mozia se recogen todas aquellas huellas del pasado de la isla. Mientras lo visito, repleto de objetos de la vida cotidiana, observo la escultura en mármol de un joven envuelto en una larga túnica. Esta joya fue descubierta en el año 1979. Le faltan algunos de sus atributos, los pies y los brazos, aunque conserva parte de los hombros y tres dedos de la mano izquierda apoyados en el costado. Los desperfectos le fueron producidos al ser derribada la estatua por los siracusanos durante la invasión. Todo lo destruido fue apilado en diferentes capas de escombros y abandonado a su suerte durante 2.200 años hasta su descubrimiento. Esta colmata siracusana (la capa de escombros), recuerda el arqueólogo Paolo Moreno, permitió que llegara hasta nuestros días un importante testimonio artístico.

Piel de león

¿Cómo llegó a Mozia esta escultura? Quizá fue encargada a un artista griego. Quizá los cartagineses la capturaron en Selinunte durante la conquista del año 409 antes de Cristo. ¿Qué representa o a quién? Quizá a un auriga vencedor, a Nicómaco, que en Istmia (477 antes de Cristo) y en Panateas llevó a la victoria los caballos de Jenócrates, hermano de Terón de Agrigento; quizá representa a un guerrero, a un político, a un actor, a un sacerdote o a un fiel de un culto desconocido; o al propio Dédalo, alado símbolo de la grecidad de Sicilia, o incluso a un noble ciudadano de la isla. Sin embargo, el arqueólogo que lo descubrió, Gioacchino Falcone, afirma que es el dios Melqart con la piel de león sobre la cabeza y una clava. Y lo justifica por la franja pectoral recurrente en las vestiduras del dios de Cádiz según Silio Italico. Además, estaba abandonada cerca del antiguo santuario de Melqart en Cappidazzu. La escultura de mármol tiene la veta característica de las minas de Selinunte y no de otra geografía más lejana. El dios estaba revestido de una especie de túnica metálica, algo habitual en las representaciones púnicas. La miro y es más alta que 1,80 metros. Se percibe a un hombre de una fuerte musculatura. El hábito talar está plisado con maestría y recogido en los hombros con un punto de abeja. En el tórax va ceñido mediante una ancha franja. El rostro me mira con severidad, tiene los labios cerrados y la mandíbula es redondeada, marcando así su perfil divino. Los rizos del pelo están perfectamente insinuados. La datación va desde el año 480 antes de Cristo hasta el helenismo tardío. Pero mejor mantener los enigmas. ¡Qué más da si es dios u hombre! Aquí permanece en pie desafiando al tiempo, a pesar de que no tiene pies, a pesar de que no tiene talones, a pesar de que no tiene brazos. Desnudo, transparente su piel a través del delicado drapeado. Melqart o Heracles, dios o mortal, inmortal en el mármol, solitario en la isla solitaria, el único pino que no ha sido abatido.

¡Oh, yo, que quisiera creer en todos los dioses! Para mí, esta estatua es la de un joven envuelto en una túnica. Él y yo nos miramos a solas en la estancia de luz incontrolable. Salgo de nuevo a campo abierto, a los campos excavados y a los aún vírgenes. Los pájaros vuelan silenciosos por encima de los diques secos. ¡Oh, yo, que quiero creer en todos los dioses! La isla a mis pies. Miro alrededor y en mí crece un árbol. Aquel árbol que tronzó un rayo. El mismo rayo que quemó las vides e incendió con piñas el vinoso mar. “Hijo de Adán, éste es el sitio de mi trono, / el sitio de las plantas de mis pies, / donde voy a residir por siempre”, le robo estos versos a Ezequiel.

Por César Antonio Molina, escritor y ex ministro de Cultura.

VER: EL PAÍS

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