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Gutiérrez Solana

24 agosto 2008

José Gutiérrez Solana
Autorretrato, 1943
[Óleo sobre tela]

José Gutiérrez Solana (Madrid, 1886-1945), pintor y escritor expresionista español. Su padre, nacido en México, vino a España gracias a una herencia. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando; después alternó estancias entre Santander y Madrid. Viajó por pueblos y llegó a ser peón de la cuadrilla del torero Bombé, aunque vivió holgadamente con el dinero de su padre. Por fin se instala en Madrid a finales de 1917. Vive con su inseparable hermano Manuel, que es cantante.

Solana crea un propio estilo, nada académico ni inclinado a las vanguardias, por más que frecuente la intelectualidad reunida en la tertulia de Pombo, cuyo animador Ramón Gómez de la Serna le dedicó un libro, a lo que correspondió el pintor con su cuadro Mis amigos (1920), donde pinta tal tertulia en torno a una mesa (Museo Reina Sofía de Madrid). Expuso en el Círculo de Bellas Artes en enero de 1907 e hizo su primera exposición en París en 1928, aunque fue un absoluto fracaso. En otra, sus cuadros se colgaron detrás de una puerta para que no incomodasen al monarca. En 1936, cuando comienza la Guerra Civil, Solana es famoso y reconocido fuera y dentro de España. Se traslada a Valencia y luego a París, donde publica París (1938). Desde 1939 vive en Madrid, donde fallece el 24 de junio de 1945.

Su pintura refleja, como la de Darío de Regoyos y la de Ignacio Zuloaga, una visión subjetiva, pesimista y degradada de España inmediatamente posterior a la de la Generación del 98. Fuera de la influencia que en él ejercen los pintores del tenebrismo barroco, en especial Valdés Leal, tanto por su temática lúgubre y desengañada como por las composiciones de acusado claroscuro, es patente la influencia de las pinturas negras de Goya o del romántico Eugenio Lucas. Su pintura es feísta y destaca la miseria de una España sórdida y grotesca, mediante el uso de una pincelada densa y de trazo grueso en la conformación de sus figuras. Su paleta tenebrista resalta el oscurantismo de una España divida en tres temas: las fiestas populares (El entierro de la sardina, Carnaval en la aldea), los usos y costumbres de España (Garrote vil, La visita del obispo, Procesión en Cuenca, El desolladero, La reunión de la botica) y los retratos (1920, Mis amigos o Reunión en Pombo).

José Gutiérrez Solana
Mujer ante el espejo, 192?
[Óleo sobre tela]

José Gutiérrez Solana
Payasos, 1920
[Óleo sobre tela – 98 x 124 cm Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía]
 
José Gutiérrez Solana
Los amigos o La tertulia de Pombo, 1924
[Óleo sobre tela – Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía]
 
José Gutiérrez Solana
La visita del obispo, 1926
[Óleo sobre tela ]

José Gutiérrez Solana
La máscara y los doctores, c. 1928
[Óleo sobre tela  Galería Cardani]

José Gutiérrez Solana
La cupletista, c. 192?
[Óleo sobre tela ]
 
José Gutiérrez Solana
Cupletistas de pueblo, c. 193?
[Grabado ]
José Gutiérrez Solana
Mujeres vistiéndose, c. 1933
[Óleo sobre tela ]

José Gutiérrez Solana
Unamuno, c. 1933
[Óleo sobre tela ]
 
José Gutiérrez Solana
Máscaras bailando del brazo, 1938
[Óleo sobre tela  140 x 114 cm]

José Gutiérrez Solana
Retrato de Valentín Ruiz Senén, c. 194?
[Óleo sobre tela ]

 

José Gutiérrez Solana
La procesión, c. 1943-45
[Óleo sobre tela ]

Su pintura, de gran carga social, intenta reflejar la atmósfera de la España rural más degradada, de manera que los ambientes y escenarios de sus cuadros son siempre arrabales atroces, escaparates con maniquíes o rastros dignos de Ramón del Valle-Inclán (por los que sentía especial predilección), tabernas, “casas de dormir” y comedores de pobres, bailes populares, corridas, coristas y cupletistas, puertos de pesca, crucifixiones, procesiones, carnavales, gigantes y cabezudos, tertulias de botica o de sacristía, carros de la carne, caballos famélicos, ciegos de los romances, “asilados deformes”, tullidos, prostíbulos, despachos atiborrados de objetos, rings de boxeo, ejecuciones y osarios. Trabaja también el grabado, generalmente al aguafuerte, insistiendo en una técnica directa y más bien ruda, de trazos gruesos. Como escritor posee un estilo semejante, de grandes cualidades descriptivas, vigoroso y enérgico, apropiado para la estampa costumbrista. Por ello la mayoría de sus obras son libros de viajes. Sus escritos más importantes son Madrid: escenas y costumbres (1913 y 1918, dos vols.), La España negra, 1920, Madrid callejero, 1923 y Dos pueblos de Castilla, 1925. También escribió una novela, Florencio Cornejo (1926). París, que Solana escribió entre febrero de 1938 y junio del 39 (durante la guerra civil marchó con su familia de Madrid a Valencia y de Valencia a París, donde vivieron en el Colegio de España). Resulta curioso constatar cómo lleva su España negra allá donde va y nos enseña un París muy distinto al habitual, lleno de mendigos, putas y perros. Y encuentra parecidos con Madrid por todos lados. 

 

Tomado del libro Madrid , originariamente, y ahora en La España Negra (I y II), se arranca con el famoso “Prólogo de un muerto”. Solana se despierta dentro del ataúd, en el cementerio: “Ha pasado el tiempo, no sé cuánto; mis miembros han ido recuperando poco a poco algo de vigor y al terrible pánico pasado ha sucedido una curiosidad sin límites, un deseo de verlo y escudriñarlo todo. Entra la luz por una claraboya y veo figuras con los atributos mortuorios, el ángel del dolor, y unos angelones con unas trompetas de la fama en alto. Salgo a ver esto aunque tengo los mienbros entumecidos, y con sorpresa leo sobre el mármol blanco con letras de bronce: “Panteón de Hombres Ilustres” […] El féretro de La Cierva se ha corrido un poco y ha podrido media cara al subsecretario Martínez Ruiz, Azorín, por estar debajo, como una muela podrida corrompe a otra. Azorín está en el nicho vestido de subsecretario, un uniforme muy recargado de oro, pero algo apolillado por algunos sitios; la parte de la cara que da a La Cierva está horrorosamente desfigurada, comida de gusanos y con un ojo fuera; los dientes como fuera y desprendidos de los alvéolos; tiene la boca entreabierta para poder respirar pues la nariz la tiene tapada con la mano porque encima de su nicho está el del ministro Juan de La Cierva y este tipejo, hombre de brazos cortos y afeminado, huele tan mal de los gases que lleva dentro de su cuerpo venenoso que parece que ha filtrado pus y veneno a los compañeros de admiración de política y de automóvil pues todos están negros y huelen a retrete. […] Azorín tiene un pie fuera y podrido. […] Luego atrae mi vista una tumba llena de cintajos y banderas. Después de hacer algunos esfuerzos para separar estos engorros, puedo percibir la simpática figura de Don Benito Pérez Galdós. El gran escritor está enfundado en un gabán y todavía calza una abigaradas zapatillas de orillo; tiene las puntas de los dedos quemadas por el tabaco y los párpados unidos aprisionando sus ojos pequeños que tanto vieron y que tan bien supieron escribir. La Emilia Pardo Bazán está enterrada con la muceta y toga de catedrático de literatura de la Universidad de Madrid; tiene puestos los impertinentes y por debajo de una falda morada con lentejuelas, de reunión, se ven los zapatos de baile; tiene en su nicho dos pebeteros encendidos y, a pesar de que la han embalsamado, su putrefacción es tan grande que no hay modo de enterarse de más detalles de su “tualet”. Huele también tan mal que ha podrido todo el traje de reunión y de baile con que fue enterrada, los encajes, los chapines llenos de pus pestilente y los tacones torcidos en los que hay agujeros por los que han entrado gusanos y culebras que se asoman a las ventanas de sus tibias […] [Pío Baroja] está en el nicho con la cabeza gorda, pues la boina le viene chica, y conserva una maleta al lado, uno de esos maletines que traen los viajeros cuando vuelven de Roma de visitar al Papa con botellas de aguas benditas, cintas y escapularios.”

Ramón Gaya, preguntado por el Solana escritor, afirma: “Entonces todos conocíamos su escritos. Cuando Solana publicaba un libro, acudíamos en seguida a la librería a comprarlo. Es un escritor de raza, aunque no hace más que contar las cosas simplemente. Es mucho más fuerte que Baroja, más tremendista. Los temas de sus cuadros están ahí; todo eso lo ha visto, no se lo han contado. Él lo describía cuando pintaba. En realidad, en sus pinturas, no busca tanto pintar un cuadro como contar lo que ha visto, pero como es un pintor, pues pinta un cuadro: ‘Había una vieja.. y estaba escupiendo sangre…‘, y eso lo pinta. Sólo que en vez de ser un naif, que no sabe pintar, resulta que es un gran pintor y, claro, eso aparece. Si no fuera el pintor que es, eso que pinta no tendría ningún interés. Y todo hecho con esa misma expresividad que tiene también Van Gogh. Hay algo sumamente directo en estos dos pintores. De la naturaleza a ellos y de ellos a la naturaleza. Hay como una comunicación primaria, algo como antes de la cultura; por eso tienen esa intensiva expresividad, y como una cierta torpeza, se puede hermanar con la torpeza, pero es una torpeza muy especial.” (Ramón Gaya de viva voz, Entrevistas 1977-1998, Pre-textos 2007, pág. 62). En “La España negra” hay fragmentos de “Viajes por España”, con descripciones de Barcelona, Talavera de la Reina, Chinchilla, Cuenca, Toledo, Haro, Soria y Segovia, así como varios agrupados bajo el epígrafe genérico de “Santander”, “Madrid” o los dedicados a Chinchón, Boadilla del Monte, Villaviciosa de Odón, El Escorial o Navalcarnero, agrupados bajo el de “El libro de los pueblos de Madrid”, ya que algunos de ellos se debían a libros proyectados por Solana que no llegó a publicar. El capítulo de “Madrid”, por ejemplo, incluye epígrafes que ya avisan de lo que va a venir después, como “La recogida de los perros, los laceros y el depósito del canal”, “Los locos”, “El carnaval de Carabanchel Bajo” o “Peluquerías económicas”. Aunque la pintura fue el arte que le hizo célebre y el único que le reportó beneficios económicos -la escritura le costó dinero, se editó él mismo todos sus libros menos uno-, Solana quiso considerarse siempre tan escritor como pintor, y a su humor pertenece el aserto “con esto de escribir no hay quien pinte y con esto de pintar no hay quien escriba”, que empleaba cuando estaba muy atareado.

Los textos de Solana huelen a órganos. Sus lienzos exageradamente empastados contienen una mezcla de negro, ocre, rojo, marrón, de amarillo y de blanco sucio. Sin brillos, sin luces. No es un escrito ni un cuadro, es un cuerpo, y como tal despide olor, resuda y se enrancia. El texto de Solana es un cuerpo que admite múltiples dimensiones y pocos encasillados. Macizo, denso y oloroso, muestra sus interioridades, sus vísceras, de la forma más sencilla y, por ello, hoy complicada y obtusa, sin más cera que la que arde, sin otro reclamo que lo que se ve, como aquel que estuviera de cuerpo presente. Su obra no tiene un sujeto detrás, Solana ha muerto en ella, su cuerpo está ahí expuesto, cadavérico, en la frontera entre los vivos y los muertos, entre el aquí y el allá, siempre a mitad de camino.

Otro ejemplo de su prosa: “Después de este largo viaje, me encuentro por fin en casa, un poco cansado, más envejecido, algunas canas brillan en mis sienes y la juventud parece que quiere despedirse de mí. Tengo mi vieja maleta abierta en medio de la habitación, toda revuelta, por la que veo asomar alguna ropa y muchos papeles, apuntes de viaje, los que tendré que poner en orden. […] En un testero, y enfrente de mí, está el cuadro de la reunión de Pombo; son los buenos amigos del café, a los que mando mi primer saludo. Es un cuadro a medio conseguir, y ahora verdaderamente siento el no haberle podido dar una forma más acertada y más decisiva. En el centro está nuestro querido amigo Ramón Gómez de la Serna, el más raro y original escritor de esta nueva generación. Está puesto en pie y en actitud un poco oratoria; recio, efusivo y jovial, una tanto voluminoso, pero menos de lo que deseamos verle, para completar su gran semejanza con un Stendhal español o un nuevo Balzac de una época más moderna y menos retórica; cerca de él está su cartera, esa buena amiga que siempre le acompaña llena de pruebas de imprenta y dibujos que hace rápidamente para ilustrar sus escritos con comentarios gráficos admmirables, siluetas rapidísimas llenas de humorismo y amenidad y que dan un encanto más a los artículos que publica casi diariamente en La Tribuna y El Liberal. A su lado Bacarisse, Coll, Bartolozzi, Cabrero, Borrás, Bergamín, Abril, y encima, el prodigioso espejo de Pombo, este espejo cinematográfico, cuya luna patinada cambia constantemente de expresión; unas veces nos sugiere ideas antiguas, nos transporta a la época de Larra; los viejos con grandes levitas y las enormes chisteras, los fracs, las corbatas con muchas vueltas y los chalecos rameados, de los que cruzan las pesadas y largas cadenas de oro.”

(José Gutiérrez-Solana, Obra literaria, Tomo II, págs. 168-169, editado por Fundación Santander Central Hispano). 

José Gutiérrez Solana, “Recogiendo a los muertos”, 1937

 

 

 

 

 

 

 

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