Aunque los etruscos son parte de la Historia de las civilizaciones, sabemos bien poco de ellos. No es de extrañar: sus peculiaridades lingüísticas, etnográficas, políticas, religiosas y culturales les diferenciaron de cualquier pueblo que habitara la Italia antigua. Sigue sin saberse si era un pueblo oriental que se trasladó desde Asia menor a la Toscana o se trataba de una comunidad autóctona. Lo que sí se sabe es que en sólo dos siglos, entre el X y el IX antes de Cristo se hicieron por la mayor parte de la Italia prerromana y que alcanzaron una sorprendente sofisticación. Eran diferentes a otros pueblos contemporáneos. Aristóteles les describió así: “Los etruscos comen en compañía de sus mujeres, que yacen con ellos como iguales”. Fue el único pueblo que no sólo confió a sus mujeres los trabajos con tejidos, sino que se ocupaban de administración de los bienes económicos. Una exposición, titulada Príncipes etruscos. Entre Oriente y Occidente (primero, en Barcelona y después en Madrid), ofrece un recorrido por lo que fue la vida de sus élites. Un centenar de objetos procedentes del Museo del Louvre, los museos etruscos de Roma y el Museo Arqueológico Nacional de Florencia, entre los que hay esculturas, elementos arquitectónicos, objetos de ajuar doméstico, cerámica y refinadísimas joyas realizadas en oro y piedras preciosas. La exposición está montada de manera que el visitante pueda seguir de una manera muy didáctica el origen, vida y final de este pueblo. Centrada en las formas de vida de las élites aristocráticas (los dueños de la tierra, de las minas y comercio), se cuenta que los príncipes y comerciantes etruscos compraban oro en las minas próximas al Guadalquivir. Sus artistas realizaban después brazaletes, collares, anillos o prendedores que han inspirado hasta el abuso él último diseño en joyería. Un pueblo con una arte de figuras hieráticas y miradas fijas, pero gestos y posturas apacibles.


Escrito por Emilio Luque 